Hispanos —un balance

2013-10-17T00:00:00Z 2013-10-17T08:34:23Z Hispanos —un balancePor Rubén Navarrette Arizona Daily Star
October 17, 2013 12:00 am  • 

SAN DIEGO – Hemos concluido otro episodio del Mes de la Herencia Hispana, los 30 días designados cada año por el Congreso —15 de septiembre a 15 de octubre— para que las corporaciones, el mundo académico, los medios y los partidos políticos hagan que los hispanos se sientan valorados, apreciados y queridos.

Durante los 11 meses restantes, los que ocupan puestos de poder están libres para volver a hacer lo que hacen normalmente con los hispanos: ignorarlos.

Concedido, no es tarea fácil. Se trata de un grupo de individuos que gasta 1.3 billones de dólares por año, compone el 17 por ciento de la población estadounidense, ayuda a decidir elecciones presidenciales y representa la mayor parte del crecimiento de la población en los últimos 20 años. Pero algunas instituciones se adaptan al cambio lentamente. Y los cambios demográficos no son una excepción.

Para algunos estadounidenses, ignorar a los hispanos supondría un avance. Tomemos, por ejemplo, el caso del lector que recientemente disparó una colérica perorata en mi dirección. No parecía exactamente inspirado por el Mes de la Herencia Hispana.

“Estoy harto de la actitud agresiva de los latinos”, escribió. “Hay feriados especiales para latinos, competiciones especiales, estaciones especiales, diarios especiales, organizaciones especiales, pero no es suficiente. Ningún otro país permite eso. ¿Cuándo se mostrarán, usted y los latinos, agradecidos por lo que obtienen en E.U.????”

Bueno, pues yo estoy harto de este tipo de prejuicio e ignorancia. Si algo lo altera tanto, más vale que estudie el tema para saber qué es lo que lo está alterando.

Seguro, habrá hispanos que sean agresivos, que protesten y exijan cosas. Algunos hasta sienten que tienen derecho a exigir algo. Otros están tan concentrados en afirmar sus derechos que se olvidan de cumplir con sus responsabilidades. Esa no es una característica hispana. Es una característica estadounidense.

Pero muchos hispanos —entre ellos los mexicanos y mexicoamericanos que representan casi el 70 por ciento del total en Estados Unidos— son conocidos por su humildad. Como he dicho a menudo, si la humildad fuera un deporte olímpico, los hispanos se ganarían todas las medallas.

En cuanto a todas esas “modificaciones” específicas para hispanos, nunca conocí a ninguno que las pidiera. Si pudieran devolverlas, como un suéter que no queda bien, lo harían. En ese respecto, los hispanos son como los demás estadounidenses. No quieren un trato especial, sólo un trato igualitario.

Eso se lo han ganado. Aunque las empresas mediáticas de la Costa Este y los estudios de Hollywood pintan habitualmente a los hispanos como inmigrantes recientes, una visita a Nuevo México o Arizona descubrirá individuos hispanos cuyas historias familiares se remontan al siglo XVII. Formaban parte de este país antes de que fuera un país.

Finalmente, los hispanos nacidos en Estados Unidos que yo conozco, están muy agradecidos de ser estadounidenses. Y lo demuestran todos los días trabajando arduamente, formando empresas, pagando sus impuestos, saludando a la bandera, recalcando el valor de la educación a sus hijos, enviando a sus hijos a las fuerzas armadas y honrando a los que no vuelven. Durante todo ese tiempo, recrean el Sueño Americano.

Aún así, no todo es perfecto en Hispanolandia. Lejos de ello.

Mientras otros grupos étnicos estudian sus problemas, los hispanos tenemos problemas. Cometemos errores y tenemos defectos.

Tenemos la mala costumbre de esperar a que las instituciones nos salven —el gobierno, las escuelas, las organizaciones, etcétera—, cuando lo que realmente necesitamos es concentrarnos en salvarnos a nosotros mismos.

Luchamos con la inseguridad, que proviene de la forma en que nos trataron cuando nos criamos en comunidades donde los blancos controlaban todo, y establecieron un camino para nuestras vidas que no iba mucho más allá del trabajo de campesino.

Nos regodeamos en atacarnos mutuamente, luchando por mezquinas envidias e insistiendo en que nadie es mejor que nosotros.

Somos demasiado deferentes y estamos dispuestos a mantenernos en silencio cuando se nos maltrata o se aprovechan de nosotros. Nos preocupa demasiado lo que los demás piensan de nosotros, y hemos aprendido a no pedir mucho de la vida.

Cuando observamos que colegas menos talentosos exigen más, tomamos lo que nos dan con una sonrisa y un sentido de gratitud. Y en años recientes, como muchos otros estadounidenses, no parecemos dominar el arte de disentir con alguien sin tratar de desacreditarlo y destruirlo.

En los últimos cuatro siglos, los hispanos en Estados Unidos han superado casi todo tipo de obstáculo, desafío, revés y desgracia que se pueda imaginar. Ahora, para muchos de ellos, ha llegado el momento de superar el instinto de autodestrucción.

La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

© 2013, The Washington Post Writers Group.

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