Hacer una escena, no establecer una política

2013-02-16T00:00:00Z Hacer una escena, no establecer una políticaOpinión por Rubén Navarrette Arizona Daily Star
February 16, 2013 12:00 am  • 

SAN DIEGO.- ¿Qué estaban pensando? Probablemente nunca lo sabremos. Pero por sus actos, podemos deducir en quién estaban pensando. En sí mismos.

Los jóvenes inmigrantes indocumentados que fueron traídos al país cuando eran niños y se criaron aquí -los así llamados DREAMers- a menudo son tan egocéntricos como los muchachos nacidos aquí. ¿Por qué no lo serían? Han estado, durante años cocinándose en el mismo adobo de falta de respeto, narcisismo, sentido de tener derecho a las cosas, arrogancia y desprecio por la autoridad.

Todo se centra en torno a ellos. Muchos adolescentes y jóvenes en la veintena adoran la santa trinidad de Mí, Yo mismo, Yo. Los muchachos inmigrantes no son diferentes.

Aún así, todavía se comenta, en la comunidad latina, el vergonzoso espectáculo que recientemente estropeó la largamente anticipada audiencia sobre la reforma migratoria en el Comité Judicial del Senado. Justo segundos antes de que miembros del comité se aprestaran a escuchar el testimonio del alcalde de san Antonio, Julián Castro, tres jóvenes sentados en la parte trasera de la sala se pusieron de pie y declararon a voz en cuello que eran "indocumentados y no tenían miedo". Rápidamente fueron acompañados fuera de la sala por perturbar la sesión.

Indocumentados y sin miedo, ¿eh? Es, en parte correcto. Se olvidaron de agregar poco sofisticados y, aparentemente, indiferentes a perjudicar su propia causa.

¿Y cuál es, exactamente, su causa? No lo dijeron. Estaban tan ocupados anunciándose a sí mismos al mundo, que nunca llegaron a declarar lo que querían. Principalmente, parece, lo que querían era atención. Así son los jóvenes de hoy en día. El nuevo lema nacional bien podría ser: "¡Mírenme!"

Supuestamente, los manifestantes desean que los legisladores creen un camino a la ciudadanía para los indocumentados. Lo sabemos porque los DREAMers no se han mostrado exactamente tímidos para presentar sus demandas. Y no se trata sólo de tres personas.

Algunos de sus estallidos han ocurrido en todo el país. Muchos de nosotros estamos de acuerdo sobre la necesidad de un camino a la ciudadanía. Lo que es extraño es que los tres manifestantes pensaran que mostrar desacato a los miembros del Congreso -demócratas y republicanos- era un buen primer paso para alcanzar su objetivo.

En lugar de avergonzarse a sí mismos, ¿por qué no dejar que los funcionarios hablen -y se avergüencen a sí mismos? Eso se aplica especialmente a los republicanos, quienes no parecen haber encontrado un argumento nuevo contra la legalización de los indocumentados en los últimos 20 años.

El representante Blake Farenthold, republicano por Texas, preguntó: "¿Cómo evitamos crear un incentivo para que la gente continúe viniendo al país?"

He aquí mi respuesta: "Querido congresista: Si usted realmente no quiere que venga más gente a Estados Unidos ilegalmente, la solución es simple. Vaya a su distrito y organice una reunión municipal de madres y esposas suburbanas, rancheros, agricultores, dueños de empresas de construcción, restaurantes y hoteles, y dígales que dejen de contratar inmigrantes ilegales. Problema resuelto."

Ya con o sin intención de hacerlo, esos bulliciosos jóvenes también mostraron falta de respeto por Castro, quien había sido invitado a ofrecer sus opiniones sobre la inmigración.

Ése es el mensaje para nuestra juventud: "¿Quieren aparecer en el noticiero de la noche? Vayan a la universidad de Stanford y a la Escuela de Derecho de Harvard, logren ser electos alcaldes de una ciudad estadounidense importante y pronuncien el discurso central en la Convención Nacional Demócrata. O, si todo eso parece ser demasiado trabajo, pueden simplemente agarrar un cartel y hacer una escena en una audiencia del Congreso. De cualquier manera, las cámaras los encontrarán."

Al final, los manifestantes parecieron tontos y lamentables. También egoístas y temerarios -es decir, dispuestos a jugar con lo que, según algunos, es la mejor oportunidad que han tenido los indocumentados en décadas para legalizar su categoría migratoria. Podrían haber puesto en peligro el respaldo para todo el acuerdo, y pareció no importarles ni un pepino.

Y ahórrenme el argumento de que esto fue parte de la gran tradición estadounidense de desobediencia civil. No es así. Desobediencia civil es desafiar una ley injusta y después aceptar el castigo. Eso es someterse a la autoridad y no rechazarla en la manera en que lo hicieron los manifestantes.

Ese lamentable numerito se parece más a la actitud de una adolescente de Florida, quien fue recientemente sentenciado a 30 días de cárcel por maldecir y "hacer perder los estribos" a un juez. La maleducada Penélope Soto ofreció más tarde una llorosa disculpa al juez, que desestimó los cargos de desacato y anuló la sentencia de cárcel.

Entonces, ¿cuándo se disculparán los manifestantes inmigrantes por su explosión? No ocurrirá nunca.

¿Por qué? Porque estar enamorado del sonido de su propia voz significa no tener que decir nunca: "Lo siento."

La dirección electrónica de Ruben Navarrette es ruben@rubennavarrette.com.

© 2013, The Washington Post Writers Group

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