Escolta de Allende sobrevive en una tumba

2013-09-10T14:18:00Z Escolta de Allende sobrevive en una tumbaThe Associated Press The Associated Press
September 10, 2013 2:18 pm  • 

SANTIAGO, Chile (AP) -- Una tumba con todo y cadáver salvó la vida a Jaime Hernández.

"Me escondí aquí porque fue la parte más segura que encontré, porque la conocía", dijo a la Associated Press el ex escolta del presidente Salvador Allende, al tiempo que mostraba la tumba, en la parte posterior de un mausoleo en el Cementerio General de Santiago.

Hernández logró escapar de los torturadores de la dictadura militar y ocultarse en ella hasta que obtuvo asilo en la Embajada de Italia gracias a las gestiones del cardenal Raúl Silva Henríquez, el prelado católico que salvó a miles de perseguidos del régimen de Augusto Pinochet, instaurado tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.

El lugar se encuentra a unos 300 metros de la gran tumba de Allende, donde los restos del mandatario fueron trasladados en 1990, tras el retorno a la democracia.

"Mi cama la hice en el segundo nicho que estaba desocupado, en compañía de los muertos", recuerda Hernández, quien pasó 10 días en esa tumba, bebiendo leche y tragando galletas molidas porque una fractura de mandíbula ocasionada por los golpes de sus torturadores le impedía ingerir otros alimentos.

En la tumba, que hoy está sellada, el padre del escolta guardaba sus herramientas, pues era jardinero del Cementerio General, el más antiguo y más grande de la ciudad. Hernández también trabajó en el camposanto cuando tenía 15 años y antiguos guardias, que lo ayudaron mientras estuvo oculto, lo saludaron afectuosamente cuando lo vieron llegar.

"Por la noche cerraba la tumba, prendía una vela y fumaba mucho. Me tapaba con una manta que me trajo uno de mis compañeros", recuerda.

La tumba se encuentra en un pasillo de poco más de un metro de ancho, que termina en el muro que rodea esa parte del cementerio. Lo que antes eran jardines, hoy es tierra cubierta de hojas, pasto silvestre y una gruesa rama de árbol caída.

Los últimos cinco días en el cementerio Hernández los pasó en la casa de madera de la madre de uno de sus ex compañeros de trabajo, ubicada en terrenos que en los años 70 aún no eran ocupados por tumbas.

"Cuando el cardenal (Raúl Silva Henríquez) toma contacto conmigo, llega a la casa de la mamá de uno de mis ex compañeros de trabajo del cementerio. El mismo me llevó a la embajada de Italia y me asiló", señala.

Hernández, cuyo nombre político era "Bernardo", tenía 22 años cuando se produjo la sublevación militar. Hasta un par de meses antes era miembro de la escolta del mandatario, en el famoso "Grupo de Amigos Personales", pero lo enviaron a trabajar entre los obreros de un área industrial del oeste de la ciudad. Eran los llamados "cordones industriales" que se suponía acudirían en apoyo de Allende en caso de un golpe de Estado.

Los "cordones industriales" no funcionaron, la mayoría no tenía armas para enfrentar a un ejército regular y, principalmente, los obreros se asustaron cuando se vieron rodeados de tanques y optaron por refugiarse en sus casas. Sólo en un par de industrias hubo un connato de resistencia, rápidamente aplastada por los sublevados, cuenta el ex miembro del grupo de amigos.

Inmediatamente después del golpe de estado, el cardenal Silva Henríquez organizó un comité ecuménico para proteger a los perseguidos del nuevo régimen, principalmente izquierdistas, pero Pinochet dispuso su inmediata disolución. Entonces el prelado, un hombre de carácter fuerte, organizó la Vicaría de la Solidaridad, con un equipo jurídico y asistentes sociales para rescatar perseguidos, sacarlos del país, presentar recursos de amparo. Uno de sus lemas era ser "la voz de los sin voz".

A diferencia de otras naciones, como la Argentina, donde la jerarquía católica no defendió a los perseguidos por la dictadura, la Iglesia católica chilena se destacó por su dedicación a los perseguidos y por salvar miles de vidas, aun a costa de la detención y la muerte de los suyos, como el sociólogo José Manuel Parada, quien junto a un maestro y a un dibujante fueron degollados por un comando de policías en 1985.

Hernández fue detenido poco después del golpe en la plaza de Armas y pasó por dos centros de torturas, donde le preguntaban por la ubicación de los llamados `barretines', o depósitos de armas.

Fue trasladado hasta el centro de tortura Villa Grimaldi, y, según conto, cayó en las manos de Miguel Krassnoff y Osvaldo "Guatón" Romo, dos de los torturadores más feroces de la dictadura.

"Cuando llegué a Villa Grimaldi me hicieron dos simulacros de fusilamiento. Ahí sí que me quebré. Cuando llegué a Villa Grimaldi fue la muerte para mí", dijo Hernández. "Después de todas las torturas que me hicieron, me fracturaron la mandíbula y ahora tengo un fierro y no tengo dientes, me quemaron la planta de los pies con una plancha caliente y me pusieron corriente en la parrilla, (un somier metálico)", agregó.

Cuenta que una tarde lo llevaron hasta una casa donde se suponía que había un depósito de armas y empezaron a excavar: "Cuando me preguntaron qué había, les dije que armas explosivas y se devolvieron al cuartel a buscar refuerzos".

Se quedó solo con un capitán, quien le soltó las esposas para que le ayudara a seguir excavando. Aprovechó un cúmulo de tierra para saltar una pared baja y huir. Dice Hernández que gracias su entrenamiento con el grupo de amigos y su delgadez pudo escapar saltando varias paredes.

Obligó a un taxista a conducirlo a las cercanías de la casa de un policía de investigaciones "que me ayudó. Yo nunca he dado el nombre a nadie porque está vivo. Me llevó a su casa, me cortó el pelo y el bigote, y me puso un sombrero y una bufanda que todavía conservo", declaró. De allí fue a refugiarse al cementerio.

El policía lo condujo a una casa de seguridad, donde Hernández le pidió a una amiga izquierdista que lo llevara al cementerio porque allí se sentiría más seguro. Fue esa amiga, a quien tampoco quiso identificar, quien estableció el contacto con la Vicaría de Solidaridad hasta que se presentó el cardenal Silva Henríquez.

El prelado lo condujo a la embajada de Italia. Hernández pasó los 25 años siguientes en el exilio, primero en Italia, luego en Perú y finalmente en Australia, de donde regresó a Chile en 1998.

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